lunes, 29 de octubre de 2012

Hablemos.


Palabra. Hay múltiples significados que se le aplican a este término, pero sólo me quedaré con uno.
“Palabra: Facultad de hablar”. Todos sabemos conversar, lo hacemos todos los días, pero no hablamos, no sabemos. No es lo mismo decir algo, que no decir nada. Hablar, el único y verdadero poder que no depende de un apellido, de un cuerpo, de un capital. Ahí está, a disposición de todos, pero no a nivel de todos. ¿Qué nos diferencian? La actitud revolucionaria. Un verdadero revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor, amor a la humanidad, amor a la justicia y a la verdad. Es imposible pensar en un auténtico revolucionario sin estas cualidades.

Antes de empezar, decir a aquellos que ignoran la palabra, que por favor se abstengan de leer este texto. No tengo más que darles que mi infinito desprecio hacia su persona, que dejaría de serlo, ya que, el término persona tiene bastante contenido para tan poca materia. ¿Cómo pueden dejarla pasar? Ven, déjame enseñártela.
Hablemos de ella. La que te cuestiona, la que te define, la que sin quererlo, te critica, te valora o infravalora, te tacha de inepto o ignorante, de inculto, la que te da un sobrenombre, de la que se supone tenemos libertad de usar, de la que te señala, te persigue, de la que estamos formados, de la que gracias a ella nos hemos formado, la que es inherente de la sociedad. La que solo unos pocos tenemos fortuna de usarla, elevarla, escribirla, hablarla y sobre todo, de sentirla. Ella es La Palabra. La que me vuelve loca, la que me hace no parar de hablar.
Ella tomó mi cuerpo, mi alma, mi cabeza. Se encargó de que cada pálpito de mi corazón fuera expulsado por la boca en forma de bala hacia la lágrima del débil y hacia la llaga más profunda del fuerte, hacia aquel que la desea y hacia aquel que desgraciadamente la ignora, hacia aquel con aliento luchador y hacia aquel que necesita un empujón, hacia aquel que la cuida y hacia aquel que increíblemente la desprecia.

Quiero dejar una cosa clara, los que saben usar la palabra no son los “grandes de twitter”, son de los que se influencian los grandes de twitter. El día que la palabra explote, tome su valor, el que hoy es anónimo, mañana estará en lo más alto, los que hoy son grandes, mañana no serán nadie, ni personas, ya que, nunca sintieron los contenidos, por tanto, tampoco lo utilizaron, jamás usaron la palabra y jamás sabrán usarla. Dicho esto, sigamos adorándola.

Mirad el poder que tiene, obsérvala. ¿No tenéis esa frase clavada? ¿La que un día os cambió la vida, la forma de pensar, la tradición, la costumbre? ¿No veis tal cosa como perfecta? Decidme, ¿qué otra cosa os hace llorar, reír, sentir, suspirar, imaginar, volar? ¿Qué otra cosa os irrita, os devora? ¿Qué otra cosa consigue evadirte? ¿De qué si no hubiéramos aprendido?
Si me dices ahora mismo que no te dio un vuelco al corazón cuando escuchaste lo que querías, cuando en ese momento de tu vida te dijeron la tan simple y compleja palabra: “sí”. Si no te provocó nada, dímelo, desfalleceré.
Fijaos en el poder de la palabra, como puede cambiarlo todo, como puede hacerte saltar de felicidad y caer de melancolía.
Fijaos en su contenido, sí, en el contenido, que no es más, que el que el hablante o escritor le da, el que no te deja indiferente, el que te hace pensar, callar, agachar la cabeza, guardarte y reprimirte el orgullo, tragarte tus propias palabras, asumir tu derrota.
Pero luego llega ella, con su igualdad, su justicia, su jerarquía, su autenticidad, con su verdad, su voluntad, su valor, su ira, y te levanta, te respalda, te honorifica, te da el poder, la responsabilidad y sus respectivas consecuencias, sí, consecuencias.
Fijaos en la palabra “sí” y “no”. Son palabras fáciles de pronunciar, pero que a la hora de decidir te agonizan lentamente. Una vez dichas algo cambia radicalmente, por poco que sea, pero cambia.
Y ¿No habéis llorado alguna vez por no haber medido la crueldad de vuestras palabras? Si es así, ¿habéis sentido todas y cada una de sus consecuencias? Fijaos en lo que es capaz de hacer: quebrar amistades, unir familias, sentir al prójimo, romper barreras, violar los límites.

Ella, aspirada y solicitada por tantos, obsequiada a tan pocos. Aquella que no se aprende estudiando, se completa estudiando y se perfecciona con años. La única que no se vende, que no entiende de significados, de razas, de sexo, de razones, de hipocresía, de dinero, de riqueza o pobreza, de calles, de barrios. ¿Por qué callarlas? ¿Por qué medirlas? ¿Por qué no protestar al sistema? ¿Por qué secuestrarlas?
Ella nace, nueva, suave, adorable, sencilla y se convierte crítica, admirable, compleja, áspera, única. La que se deja llevar, la que fluye, la que te hace inconfundible, exclusiva, inimitable. La que te hace tener éxito, aunque el reconocimiento llegue tarde.
¿Os habéis quedado mudos alguna vez ante las palabras de alguien? ¿Habéis sentido lo pequeño que podéis llegar a ser en ese momento? Ojos brillantes, corazón disputado entre la envidia y la admiración, el alma enamorada, la cabeza perdida, rendida y sumisa al contenido. ¿No es maravilloso?
¡Qué la envidia sea tu principio! El principio de tu admiración, el principio de tu revolución.
¡Revoluciónate! Grita lo que no quieres, defiende tus principios, lucha por lo que amas, no te rindas. ¡Hazte notar! ¡Siéntela! Sal a calle, suelta lo que llevas dentro, contagia a la multitud, que descienda por generaciones, provoca la envidia, haz que te admiren. ¡Qué siempre tengas qué contestar! Que nadie te quite su uso.

Ella, la que te concede la dignidad máxima y te proporciona el respeto eterno.

Habla, nadie merece tu silencio.

Pilar Alonso.

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